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Mecapalero
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En la película “La vida no vale nada”.
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Pedro Infante
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Pedro Infante y Angélica María
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Xochimilco con sus chinampas
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Tamales se envuelven en hojas de Carrizo y no de platano. Los famosos tamales de ceniza
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Mujer comcaác (seri). Son famosas sus canastas o coritas, realizadas con ramas del arbusto torote prieto, con una serie de pasos y rituales para su elaboración, que la convierten en un objeto de arte vivo y donde se refleja su entorno, concepciones míticas y su extraordinaria habilidad como artesanos/as. El color café lo obtienen de la raíz de cosahui, el negro de la corteza del mezquite y el amarillo de flores del desierto (flores de Xomeete).
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Mujer lavando ropa
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 Un legendario Flecha Roja, de los que circulaban hacia los Estados de Morelos y Guerrero.
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La estatua del Caballito, Carlos IV, de Manuel Tolsá y la plaza de toros del Paseo Nuevo. Paseo de Reforma.
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1 de septiembre de 1939, incia la Segunda Guerra Mundial con la invasión alemana a Polonia.
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Cuenta la leyenda que una vez le preguntaron a José Alfredo Jiménez –en el ocaso de su vida- quién le sucedería en el gusto y el afecto de la gente. Sin pensarlo mucho, señaló a un joven compositor que entonces empezaba su carrera: Juan Gabriel. Hoy el tiempo parece haberle dado la razón al autor de “El Rey”: los discos de Juanga se venden por millones, sus conciertos baten récords de entrada, y varios de sus temas integran el repertorio de los más populares en México.

Quizá haya quien objete la mención de Juan Gabriel como sucesor del compositor guanajuatense. Finalmente, en gustos se rompen géneros o para decirlo con palabras de Cuco Sánchez –“nadie es monedita de oro pa’caerles bien a todos”. Lo que no se discute al Divo de Parácuaro es el impacto profundo y perdurable de sus canciones. “Se me olvidó otra vez”, “Amor eterno”, “Querida” ya son parte de la banda sonora de miles de biografías sentimentales. ¿Alguien lo duda? Vaya a Garibaldi, métase a una cantina, atienda los lamentos de la rockola en una fonda. Hasta en las discotecas suenan cuando la noche ya dio de sí…
Personalidad controvertida del espectáculo mexicano, en Juanga (Alberto Aguilera) es su nombre verdadero a menudo el mito se impone al creador y el fenómeno social al músico. Sin embargo, son facetas indisociables.
Una es la del melodista por momentos deslumbrante; la del letrista que ha pergeñado frases memorables, auténticas cápsulas de sabiduría popular como ésta inigualable: No cabe duda que es verdad que la costumbre es más fuerte que el amor…; también la del músico que –según su arreglista y productor, Eduardo Magallanes- pese a su formación autodidacta, ha logrado desarrollar “un extraordinario sentido de la armonía”; el que-dice el también autor de Querido Alberto, biografía autorizada de Juan Gabriel –“todo lo vuelve música: el ruido de una motosierra, el silbido de un pájaro, los sonidos de la calle”. Otro Juan Gabriel es el que –en su vertiente de intérprete vernáculo- rompió con el estereotipo del género: carece de la galanura del charro tradicional; no posee la característica voz bravía de los cantantes de rancheras; sus desplantes sobre el escenario tienen una gracia singular que rehúye de la gallardía acartonada; y se desenvuelve con una ambigüedad juguetona que enardece –no es exagerado el verbo- por igual a hombres y mujeres. ¡Arriba Juárez!
Con todo lo anterior, ¿qué puede decirse de su temporada 97 en el Auditorio Nacional que no se haya dicho en otras ocasiones? Siempre el mismo. Siempre diferente. Juan Gabriel, Juanga, Juangabrielísimo. El predecible. El imprevisible. Desde 1992 el hijo adoptivo de Ciudad Juárez no ha faltado a la cita anual con sus miles de incondicionables en el recinto de Reforma: señoras que lo miran con el orgullo de una madre por su hijo (se las ganó para siempre con “Amor eterno”, dedicada a su mamá); mujeres jóvenes, sus cómplices cuando él, en medio de una canción, lanza largas e improvisadas peroratas contra los amores infieles, ingratos, traidores, volubles y todo lo que sirva para ponerlos en su lugar; hombres –adultos jóvenes o maduros que se unen a la euforia de sus novias, compañeras o esposas- se sueltan el chongo, mueven los hombros y menean las caderas como el propio Juanga y, ya encarrerado el gato, no falta uno que le aviente sonoro piropote. “¿Ya vio qué auditorio tan sensual tenemos esta noche, maestro?”, le hizo notar al director musical de la velada, Eduardo Magallanes.
El detalle distintivo fue esta vez la dedicatoria que hizo Juan Gabriel de sendas canciones a Lola Beltrán y Lucha Villa, dos de sus intérpretes y hadas madrinas que le tendieron la mano cuando más lo necesitaba. A Lola –fallecida recientemente- le dedicó “Cucurrucucú paloma” y “Te sigo amando”. A lucha –quien se encontraba convaleciente del coma en que cayó después de una liposucción- le deseó pronta recuperación y le ofrendó dos canciones escritas para y estrenadas por ella: “No discutamos” y “Ya no me interesa”.
La fiesta fue larga como correspondía a un festejo múltiple: el mes patrio, el cierre de un año de conciertos en los que celebró sus bodas de plata como cantante, toda una época de madurez que él mismo nombró Juan Gabriel al final del siglo / y que presentó en el Palacio de Bellas Artes). Sin tregua recorrió su amplio repertorio (1971-1997), las baladas, las rancheras y las tropicales, las de antes y las de hoy. Y hasta flamenco bailó. La locura. Pero la cosa no paró ahí. Juanga abrió un paréntesis para recordar los covers rocanroleros que se hicieron populares en las voces de César Costa, Manolo Muñoz, Angélica María, Enrique Guzmán y Alberto Vázquez.
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fragmentos del ensayo que Carlos Monsiváis le dedicó a Juan Gabriel en su libro Escenas de pudor y liviandad.

“Había una vez una ciudad llamada Juárez en la frontera de México con Estados Unidos. Allí vivía un adolescente solitario, ajeno a la política y a la cultura, aficionado irredento de las cantantes de ranchero, de Lola Beltrán y Lucha Villa y Amalia Mendoza la Tariácuri… y ese joven, furiosamente provinciano (cosmopolita de trasmano, nacionalista del puro sentimiento) creaba por su cuenta una realidad musical nomás suya, la síntesis de todas sus predilecciones que no existía en lado alguno, y para su empresa disponía de la memoria (en donde resguardaba las melodías que no podía llevar al papel pautado), del ánimo prolífico, de una guitarra, de muchos sueños y de la casualidad de que en el país decenas de miles intentaban lo mismo: componer para hacerse famosos, componer por no hacer arte sino con tal de representar sentimientos y situaciones (enamorarse, desenamorarse, frustrante, narrarle a todos el dolor de no poder contarle a nadie el sufrimiento, desahogar el rencor, aceptar que todo acabó y todo empieza).

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Juan Gabriel nos deja físicamente, su legado artístico nos acompañara por siempre, desde hoy estas al lado de los grandes artistas mexicanos de todos los tiempos. Hasta siempre
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Limpiando frijol
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Niña cuidando a su hermanito mientras sus padres trabajan arduamente.
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El pulque se le daba a la mamá para que tuviera más leche. Hoy lo hacen con un poco de cerveza. Se tenía (o tiene aún la idea) de que si se le antojaba al bebé y no le daban a probar podría enfermarse.
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